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cipotes : " EL DIA DE LA iGUANA " ( por Aless Fergusson
el 20/3/2006 21:54:11 (3438 Lecturas)
cipotes

El Día de la Iguana
Original de Aless Fergusson @
Era por el año... ya ni me acuerdo cual, estaba yo demasiado cipota para acordarme de todo, además en esos días ni sabía yo lo que era un calendario. Bueno la cosa es que siempre a cierta hora del día me asomaba a la puerta de la tienda de mis abuelitos a ver pasar gente, porque se paraban y me chuleaban porque yo era una bichita bien chula, decían.

Afortunadamente entonces hombres y mujeres no estaban tan corrompidos como ahora, podíamos jugar en la calle en cualquier parte y nadie secuestraba niños. Siempre había gente malvada, eso sí, pero eso se los contaré otro día.

Como les venía diciendo, estaba yo sentada en el quicio de la puerta cuando pasó la nia Lipita. Se detuvo y me preguntó por mi tía Rosita, me volví hacia el interior de la tienda, una de las puertas daba a la sala y la otra puerta a la panadería de mi abuelita, y por la primera le grité:
-¡Tiaaaaaaaaaaaa! La nia Lipita la buscaaaaaa-
Salió corriendo mi tía y me hizo de señas que me callara. A saber por qué quería que me callara, así es que, toda achicadita me senté otra vez en la grada de la puerta. Se fue ella hacia donde la nia Lipita estaba esperándola, y sólo vi que se reían.
De una bolsa grande de tule la nia Lipita sacó algo que hizo que mi tía diera un paso atrás y luego, como recuperándose comenzó a reír a carcajadas, lo mismo hizo la nia Lipita luego se fueron caminando por la acera.

La nia Lipita era una muchachona con el cuerpo de Sofia Loren, y su caminado como sólo las mujeres de Sonsonate pueden caminar, así balanceadito como las palmeras en movimiento con el viento rico, después de todo Sonsonate es la Ciudad de Las Palmeras.

Tendría la nia Lipita como veintidos años con un pelo colocho a la espalda, trabajaba en un taller de flores y era muy bonita, y como yo veía como ella caminaba, decía: -algún día voy a caminar así como la nia Lipita- Y me iba para dentro de la casa y la imitaba al caminar, yo quería caminar como ella así es que practicaba todos los días después que la nia Lipita pasaba en la acera opuesta a la casa y panadería de mis abuelitos.

Ella tenia novio, un muchacho humildito, su trabajo era en una ladrillera, hacía ladrillos de la manera mas rudimental no es como ahora que todo es a máquina. Una vez fuimos con mi tía y la nia Lipita donde trabajaba don Chepe, así se llamaba el novio, bien pechito pero con carita fina ojos azules, ¿de dónde los ojos azules? Pues quién sabe, sólo hay que acordarse que de Acajutla llegaban extranjeros de las Europas y se asentaban ahí pegando hijos a diestra y siniestra. También el conquistador español “el hombre rubio”, de las leyendas Mayas hizo y deshizo del querido Sentontlat (lugar de los 400 ojos de agua) como también se le llama en Nahualt a Sonsonate.

Pero no me salgo del guacal, sigo adelante con la historia de don Chepito.
Fuimos a saber a qué, mi tía me llevaba de la mano, sólo vi que el pobre novio de la nia Lipita tenía los pies dentro de un lodazal, y con sus pantalones arrollados a media canilla chapusiaba ahora con un pié, ahora con el otro, y así, en ritmo movía las canillas, estaba trabajando, me dijeron, pero yo ví que era galán jugar lodo así, me dijeron que preparaban los adobes y los ladrillos. Se me quedó en la cabeza eso y cada vez que oigo la frase “metiendo las de batir lodo” me acuerdo de don Chepito.

Como me interesaba más ver como “jugaban con lodo” yo me quité los zapatitos y calcetines, y en un pedazo donde no había nadie me levanté el vestidito y me puse a jugar igualmente una canilla hoy, otra mañana. Por estar jugando ni sé de qué hablaban, pero recuerdo que el señor pechito don Chepito se salió del lodo y fue donde la nia Lipita y movía la cabeza de derecha a izquierda en forma negativa quien sabe por qué sería pero de repente él se regresó a jugar lodo.

Yo qué tan galán estaba jugando cuando mi tía, quien también era jovencita como la nia Lipita salió corriendo de donde estaba platicando con el dueño de la ladrillera un tal don Víctor, me haló de la mano sacándome del lodo y me lavó los pies con el agua que, del pozo sacaban los trabajadores para seguramente lavarse antes de irse a sus casas.

Quizá me regañó mi tía, no recuerdo, pero seguramente no me regañó porque de lo contrario yo iba a llorar, y mi abuelita le iba a preguntar “¿Por qué lloró la niña?” Y si mentía, yo iba a decir que era por estar jugando lodo donde don Chepito, mi tía se habría ganado una buena regañada porque según supe, el dueño de la fábrica de ladrillos era novio clandestino de mi tía, y mis abuelos le habían prohibido andar con él así como salir con la nia Lipita. Decían las amasadoras de la panadería de mi abuelita que la familia de la nia Lipita tampoco querían la junta de ella con mi tía. Pero eso es otra historia que la dejo para después.

Mi tía me compró un sorbete seguramente para tenerme contenta y nos fuimos a sentar a un banco que había en un lugar muy bonito de Sonsonate, era como un paseo con grandes árboles y montón de palmeras y flores, un oâsis en medio del gran calor que hacía:
“...y ¿qué te dijo?”
“Dijo que si iba que terminábamos”.
“ Entonces, ¿qué piensas hacer?”
“¡Ir!”
“¿No lo quieres entonces?
“Si, si lo quiero, pero es que él es muy aburrido.
“¿Entonces?”
“Te digo que voy a ir”
“y si se enoja de verdad?”
“Dos costos tendrá, enojarse y contentarse”.
“ Mira Lipa no juegues”.
“No estoy jugando solo quiero divertirme. Además miren quien habla, tú con Víctor y el zarco.”
“Si, pero tú estás comprometida, yo no”.
“y eso qué. No estoy casada todavía”.
“Si, pero... ¿no le estás faltando el respeto? Acuérdate que es un compromiso serio ya te pidió con tu papá”.
“No. Yo no estoy haciendo nada malo”.
Mi tía y la nia Lipita conversaban mientras que yo me comía mi sorbete. El sorbete caía sobre mi vestidito y tía Rosita, en su acalorada conversación no se daba cuenta de que yo me había chorreado de puro helado.

Todas azoradas, las dos trataron de limpiar mi vestido, pero yo les dije que quería otro sorbete, no me lo querían comprar, y yo dije: “Entonces yo voy a decir que vinimos a pasear al parque.” Mi tía se asustó pues eso indicaba que había venido a ver a don Víctor el dueño de la ladrillera pues era al frente de su casa. Inmediatamente me amonestó que no dijera nada, que me iban a comprar otro sorbete. ¡Ah!, así es como llegan a presidente los presidentes, pienso yo ahora, pero en esos momentos sólo me interesaba el heladito.

Aunque estaba tan chiquita yo era toda antenas y escuchaba las conversaciones de todos los mayores y algo se me quedaba, así fue como pude enterarme de que la nia Lipita había sido invitada a la fiesta de año nuevo del Casino Juvenil Sonsonateco. Yo decía, ¿cómo es que la invitaron si ella no es rica? Bueno, quien sabe quien le mandó la invitación.

En Sonsonate (no sé cómo se celebra ahora el año nuevo) en ese entonces eran famosos los “Tronos”. La tradición era fabricar una réplica de cualquier edificio famoso, como la torre Eiffel de París, el Taj Mahal, el Empire State Building y era fabricada con cohetillos de pólvora (a pues ¿y de qué otra cosa van a estar llenos los cohetillos si no es de pólvora?) Pues bien, a las doce de la noche toda la gente se reúne en el barrio de Veracruz.
El Niño Dios con su sombrerito de palma y su cotoncito blanco es sentado, quiero decir que el alcalde de la ciudad lo “sienta” en una sillita de su tamaño y le entrega La Vara, o sea la vara del alcalde, El Niño Dios es El Alcalde de la ciudad, por un día.
En la noche tiene lugar un gran baile en el Casino Juvenil Sonsonateco, las invitaciones son muy estrictas, no cualquiera podía entrar a ese baile. Pero la nia Lipita tenía sus amistades seguro que por su trabajo en la florería y porque ella era muy parecida a Sofia Loren, o porque tenía su novio, " el capitolino."

Los muchachos y muchachas con sus trajes típicos a cuál más bonito, y el decorado muy a propósito típico, la mejor música y muchas señoras actuando de chaperonas. Pero no todas las muchachas llevaban chaperonas; muchas, como la nia Lipita, llegaban sólo del brazo del acompañante. Muchas bailaban al no más llegar, las que llevaban chaperonas esperaban a que las sacaran a bailar mientras las chaperonas ahí esperaban, galanamente sentaditas. Los mirones, pues sólo de asomarse a los balcones a ver el baile.

Bien puede una recordar algunos episodios a la edad de cinco años sobretodo lo que hace impacto en la memoria, por ejemplo ver un reptil odioso, ¡ah! pero no quiero adelantarme mucho para que no pierdan el hilo de las cosas. Era día de Año Nuevo, mi papá nos llevó unos cortes muy bonitos y mi tía, quien era una magnifica costurera me hizo mi vestidito de cambray amarillo con chonguitas como dibujos, y como yo era tan chula (¿que me pasaría digo yo, que cambié? Creo que la polución de las ciudades tiene mucho que ver con eso de que uno cambia después cuando ya crece).
Bueno, como seguía diciendo, todas con vestido nuevo para ir a ver el trono antes de que se quemara. En las esquinas, las ventas de hojaldras, las cuales son famosísimas en Sonsonate, y aún recuerdo el delicioso aroma de aquella miel de azúcar negra, ¡ah! mi tía Rosita no me soltaba de la mano, decía que yo era una jurgandía y que tenía que cuidarme de cerquita, pero como yo era la niña bonita me andaba llevando para todos lados, aunque más creo que me usaba como su pretexto para salir a verse con don Víctor o con El Zarco.

El otro novio de mi tía tenía los ojos de un azul de cielo, muy lindos y por eso le decían así aunque mi abuelita reprendiendo a tía Rosita le gritaba:
“Como sepa que andas viéndote con el ojos de gargajo te vas a acordar quien soy”;
Así y todo, me gustaba más don Zarco porque don Víctor era agarrado nunca me compraba él los sorbetes, era mi tía Rosita quien pagaba, en cambio el Zarco, no más al verme decía: “¿Cómo está la reina?. Acto seguido llamaba al sorbetero y yo me olvidaba de ellos, y ellos muy contentos.

Llegamos pues al barrio de Veracruz donde el trono tenía su lugar, pero mi interés era sólo comer y jugar con los otros cipotiyos que estaban por ahí, como yo no tenía hermanitos pues jugaba con quienes estaban a mi alrededor. Mi tía Rosita quién sabe como me soltó de la mano para chocar mano con don Víctor, y yo entonces aproveché y me fui a jugar peregrina ( el juego en que uno tira una câscara de algo en unos cuadros previamente hechos en el polvo, y luego en un pie va saltando )
En esa esquina estaba un puesto de hojaldras y la dueña tenía dos hijas, y con ellas me puse a jugar, me imagino que mi tía era conocida de la señora y me dejó a su cargo... que por un momentito.
La señora muy ocupada en vender, se olvidó de sus hijas y de mí, así es que nos fuimos a sentar por un lado de la cuneta a ver pasar gente. Una de las cipotas me dice:
“veníte vos, vamos a ver el baile” y yo mera obediente la seguí.
El casino estaba a la vuelta de la esquina y en los balcones, apiñados para ver el baile estaban algunas personas mientras otras caminaban a lo largo de la calle encaminándose hacia el trono.

Ahora pienso, que barato era divertirse entones, sólo la gente con pisto tenía TV y radio, a los pobres pues sólo a apiñarnos en los balcones de alguien que tuviera TV y poder ver los cómicos. Así pues que, para ver el baile, nos apiñamos en el balcón.
La música a todo dar, boleros, valses, chachachá, merengue, tango, de todo, como sólo en El Salvador de antes de la guerra podía ser. Alegres, despreocupados, felices, viendo pasar aquellas guapas muchachonas con sus lindos y coloridos trajes típicos y los muchachos con sus cotones de manta blanquitos, algunos con botas otros con caites, la regla del baile era: traje típico obligatorio.

Me gustaba el traje de “ india” de la nia Lipita, falda de vuelos material de piel de seda color azul de película y camisa amarilla chiltota, con un chal morado, todo de piel de seda brillantísimo y una serie de collares de semillas de lágrimas de San Pedro, así como unos aretones enormes que le colgaban de las orejas. El cabello lo tenía en trenzas enrolladas al rededor de la cabeza con puros listones de variados y vistosos colores. Me fije que llevaba zapatos de tacón alto, pero no... eran botas, y al reír la nia Lipita enseñaba sus dos camanances que la hacían verse mucho más bonita.
Bailaba y revoloteaba muy contenta con diferentes muchachos quienes con sus cotones de indios y sus cebaderas colgadas al hombro también se veían guapos.
De pronto vi que un hombre bien altote y moreno se le acercó, la tomó del brazo y se la quitó al muchacho con quien ella estaba bailando, y acto seguido se puso a bailar con ella bien apretadito y de cachetillo. Era bien guapo y bailaba muy bonito hasta los sones típicos los bailaba muy bien.
La gente del balcón también se fijó en el arrebate y decían:
“ Miren, el indio cómo fue a jalar a la india”.
“Seguro que se tienen algo”; dijo una segunda vieja;
“no, lo que pasa es que estos bailes así son” terció otra persona.
Cuando se fueron acercando hacia el lado del balcón donde yo estaba tomando las dos barras del balcón una en cada manita, había aplastado mi cara para ver mejor y voy viendo que el guapo que hoy bailaba con la nia Lipita, en la espalda llevaba amarrada una iguana. Esto era para hacer más típico y original su disfraz. Algunos de los “indios” también llevaban la iguana así como la llevaba el “ indio” de la nia Lipita, o sea a la espalda, pero la del “indio” que bailaba con la nia Lipita era grande, y con enormes parches azulejados.
Bailando,bailando, se acercaron por el lado del balcón y me fije bien, la animala tenía las manos amarradas por detrás y las patas también bien amarradas, y descansaba con toda la barrigota en la espalda del joven guapo, oía yo que la gente decía:
“...mire el patiquín que bien baila, y como lleva de tiesa la animala, ojalá no se le vaya a ir de un lado y se le levante”.
Más curiosidad me daba y mas fijo los miraba cada vez que pasaban bailando por el balcón donde me apiñaba la cara contra las rejas. Le miraba yo los ojos a la iguana, semi-cerrados, con los parpadotes así, pesados, miraba de reojo y los volvía a cerrar, y pelaba lo que a mí me pareció eran dientes.
-¡Que gusto el de ese!... que bárbaro... ¿y si lo muerde?
-No seas bruta, -me dijo la chica mayor que estaba con nosotros.
–No ves que se la lleva bien amarrada.
-¿Y cómo se la ha amarrado?
-Pues con mecate, tonta, con mecates, no ves que se le cruzan los mecates por la panza al indio pues?
Ah pue sí, pensé yo, la animala la tiene bien maniada y él está bien maniado. Una señora dijo:
“ojalá que el indio tenga control sobre ese bolado porque si se le alebresta va a joder ”.

Después de un rato, así bailando y bailando la nia Lipita y el muchacho se fueron encaminando hacia la puerta, salieron y ya no los vi más en el salón del baile. Quizá se fueron a tomar un refresco, o a liberar a la iguana.
–Ya no miro a la nia Lipita.--
--No,¿ no ves que se salió con el indio?--
--ah deverdá pues--
--Como que al indio se le comenzó a apretar la iguana- dijo la otra cipota-- porque vi que al salir como se metía la mano como enderezando los mecates que le cruzaban su panza.--

El gentío comenzó a hacerse más fuerte, venían y venían y caminaban de arriba a abajo comiendo hojaldras, algodón rosado de las fiestas y demás chucherías que se vendían en nuestros festejos de ese tiempo.
Casi toditas las muchachas y gente mayor andaba estrenando, era colorido el paisaje de trajes de cambray, de seda, de género, de mantadril, de póplin, hasta de naguiya, pero eran estrenos. Los cipotes, jugando trompo coyote, y echando guimbas con el capirucho, haciendo apuestas en el predio donde no habían ventas, cipotes de doce catorce años divirtiéndose sanamente, no había peligro de pedófilos ni vendedores de drogas, era un ambiente sano y sin preocupaciones.

Yo me aburría de estar prendida de las barras del balcón viendo el baile, ya la nia Lipita ni se miraba, y la gente que se apelmasaba detrás de mí, me estaban aplastando y quise salirme, las otras dos cipotas no querían irse, pero a mí ya me estaba dando sueño. Como era chiquitilla me escurrí por medio del mar de piernas que estaban viendo el baile, alguien aprovechó que yo quería salirme y ocuparon mi puesto dejando a la demás gente que adelantara un paso hacia el balcón. Eso me ayudó a salir.
Toda desorientada, no sabía por cuál esquina era que estaba el puesto de hojuelas de la señora con la cual mi tía me había dejado encargada.
Me afligí y entonces comencé a llorar.
--¿Muchachita por qué lloras? --
--¡Buaaaaaaaaa!--
--¿Por qué está llorando esa niña?--
--Se ha perdido.--
--Así parece, hay que llamar un policía--
Al oír la palabra “policía” se me congelaron las venas del miedo, pero no el pipí el cual corría por mis zapatos, tal era el terror que se apoderó de mí. Mientras seguía llorando, alguien trató de tomarme de la mano y le pegué una mordida.
--Mona desagradecida. Pues que te lleve #OOPS#s, yo sólo quería ayudarte a encontrar a tu nana, andáte a la #OOPS#--
Y diciendo eso la mujer se retiró dejándome a mi suerte. Me arrepentí de haberla mordido pero es que yo estaba asustada. El montón de gente alrededor mío y todos hablaban y yo berreaba a pulmón abierto. Mi tía quizá reconoció mis alaridos porque de pronto oigo que decían en medio del gentío:
-- Déjenme pasar, es mi sobrinita.--
--¡Tíaaaaaaaaa! ¡Buaauaaaaa!--
--¡Muchacha! ¿Por qué andas dejando a la criatura así suelta? A los niños se les lleva de la mano--
La hija de la señora de las hojaldras, quien como por milagro se apareció junto a mí, le repostó:
--¿Y a uste quién le tiró el hueso? ¡Vieja metida!--
--Ve, que monas mas sin respeto. Malcriadas--
Yo esperaba que mi tía dijera algo, pero no. ¿Qué sería? Tía Rosita venía con el pelo mero greñudo con chamizas de zacate enredado en el pelo, la blusa había perdido un par de botones, hasta ese momento no me pasó por la cabeza que una joven podía perder no sólo un botón del vestido sino que algo más, y en cambio... ganar algo que le iba a costar lágrimas.

De la mano me tomó y nos fuimos para la casa. Todos estaban dormidos, mi tía me acostó y me cobijó prometiéndome no contar que yo me había perdido.
Que buena es mi tía !-dije yo para mis adentros- Cuando mi mamá venga de San Salvador le voy a contar cómo me ha cuidado de bonito--
Mis padres habían ido a la capital en el tren, me dijeron que sólo por una semana pero ya eran muchos los días, pero como tía Rosita me quería y me cuidaba pues no los echaba mucho de menos.

Esa noche, después de los momentos angustiosos de haberme perdido, ya en mi cama bien contentita al rato ya bien obediente me dormí, pero antes de dormirme escuché algo como un balbucèo de tia Rosita y unas palabras duras de parte de mi abuela:
“¡Como te metas en un hijuemacho verás de quién son las mulas!”.
Quizá estaban contando chistes de machos y mulas o a saber. No sé qué pasaba ni me preocupé más porque, más podía el sueño.

Nada sucedió al día siguiente, ni al día siguiente, ni al otro, sino que como a los dos meses. Mis padres ya habían regresado, y para mi tía era mas difícil la excusa de cuidarme, a mí me hacían falta los sorbetes y un día le dije:
--Tía Rosita, ¿cuándo vamos a ir otra vez a jugar lodo?--
--¿Qué es eso muchachita?-- preguntó mi madre, y mi tía en esos momentos me aventó una mirada de: “Hoy te mato mona chismosa”. Mi abuelita había oído la pregunta y se puso atenta.
-- ¿Cómo es eso hijita, eso de ir a jugar lodo?--
Tuve la impresión de que había metido la pata porque tía Rosita, quien iba hacia la tienda, se dio media vuelta y puso el dedo en la boca, como diciendo ¡shhhh!
Yo quería a tía Rosita, ya no quise decir más, y como insistían en querer saber la continuación de mi pregunta yo me puse a llorar, luego a berrear, luego me tiré al suelo y quizá me puse hasta azul del berrinche porque mi madre, al ver que yo estaba azul por aguantar la respiración para no seguir diciendo nada, se dió cuenta de que era una pataleta de tantas que yo hacía, y me dejó caer un pichel de agua helada. Me asusté y me levanté al momento, pero la interrogación había sido interrumpida.

Un día, otra vez estando sentada en la puerta de la casona ví que venía la nia Lipita, y yo, con tal de quedar bien grito como siempre:
--Tíaaaaaaaaaa aquí viene la nia Lipitaaaaaaa--
Mi tía no salió. La nia Lipita pasó de largo sin decirme “hola mi reina”. Que cosas! cuando son gente grande una no las entiende, un día le dicen a una “mi reina” y al día siguiente nos ignoran.
Me fui a mi cuarto pero aguzè el oído porque desde la sala venían unas voces, era mi madre hablando con tía Rosita:
–¿Tú andas metida en esos líos?--
--No yo no.--
--Mejor que no. Deja que Lipa se arregle como pueda. Ya ves que mi mamá te tiene vigilada.--
--No si yo no sé en que anda la Lipa.--
–¿No te ha dicho nada? --
--Sólo que le gusta el bachiller.--
–¿Anda con él?--
--Si. --
–¿Piensa engañar a Chepito? Estâ comprometida con él.--
--A ella le gusta el bachiller y... está esperando.--
--¿Pero no se ha decidido a decirle a Chepe?--
--No. Le da miedo su reacción.--
--Y... ¿está segura que no es de él?--
--No si con Chepe nada de nada. Él le ha dicho que hasta que se casen.--
--Entonces, ¿ha quebrado con Chepe?--
--Todavía no. --
--¡Que peligroso! ¿y que está pensando?
--No sé.--
--y... ¿desde cuando que no le viene?--
--Desde diciembre.--
--Por lo del 31. La pescaron los papás!--
--Si. Pero ellos no saben que espera.--
--Eso está malo Rosita, que feo está eso, tú cuidado como le copias nada a la Lipa. Lo que ella hace es peligroso.--
Mi tía no contestó y las voces se fueron apagando y yo comencé a cavilar: ¿ De qué estaban hablando? ¿a quién espera la nia Lipita? ¿qué no le ha venido qué?
Y ¿desde diciembre? ¿Qué sucedió el 31? A ver, mi tía no sé para dónde agarró, yo estaba con las hijas de la señora de las hojuelas, y la nia Lipita estaba bailando y de repente con el indio de la iguana se fueron por la puerta quizá a otro salón,
¿o se quedaron? Una de las cipotas mentó algo como de ir a darle agua a la iguana. ¿ De qué hablaban mamá y mi tía? Si nada malo había visto yo esa noche. Me tardé unos días en saberlo.

Era Miércoles de Ceniza, y naturalmente había que ir a la iglesia. Mi tía Rosita le dijo a mi mamá que si yo iba con ella a tomar la ceniza.
-Claro que sí, está bien adiós, no vengas muy tarde, le diré a mamá que yo te di permiso de ir a la iglesia.--
No fuimos a la iglesia. Agarramos para el parque de las palmeras, ahí estaba el sorbetero pero nada de sorbete para mí. No era el Zarco quien nos esperaba, tampoco era don Víctor, era don Chepito.
--Que tal Rosita ¿ Por qué no vino Lipita? Me mandó avisar que viniera.
--Es que mire Chepito a ella le da pena.--
-- ¿Pena de qué Rosita? --
-- Pues es que ella me dijo que le diera un recado--
--De qué pues. Dígamelo.--
--Es que Chepe, ella me dijo que le dijera que... Mamita, vè a comprar tu sorbete--
Como ya el sorbetero nos conocía pues se encaminó hacia nosotros, me dio el sorberte. Mi tía le pagó y él se fue. Calladita yo, muy contenta, me senté atrás de la palmera contra la cual estaba el banco donde don Chepito y mi tía conversaban así que pude oír sólo retacitos de la conversación.
--Pues no Chepito, yo no la vi esa noche.--
--¿No andaba con usted? --
--Si pero.... --
--Entiendo Rosita, pero dígame, ¿no sé quedó ella en el baile? --
-- Mire Chepe, es mejor que ella le explique, viera que es incómodo para mí decir lo que ella me encargó que le contara, pero mire es mejor que se lo diga ella.--
--¡Pero ella me mandó una razón con usted Rosita! --
--Si Chepe, pero es un asunto de los dos ustedes y mejor que usted se lo pregunte a ella.--
--Rosita por el amor de Dios dígame, yo a Lipa no la he visto desde hace mas de un mes. No sé por qué se me esconde, y cuando llego a verla ella siempre se ha quedado a trabajar tarde, cuando voy a la florería me dicen que se fue temprano.--

Yo, comiéndome mi sorbete me puse a seguir las mariposas que pasaban alrededor a posarse sobre las lindísimas flores tropicales. Quizá hasta echè mi siestecita porque lo único que me acuerdo de ese día es que mi tía me despertó porque me dijo ya era hora de irnos.

Dejé de ver a don Chepito, don Víctor me caía mal, era bien codo, además no le contestaba ya ni el adiós a mi tía. Pero un día volví a ver al Zarco. Yo iba con mi mamá al mercado y El Zarco venía en sentido contrario.
--¡Adiós Don Zarcoooo! --
--¡Adiós mi reina!-- Y siguió caminando.
--¡Criaturita!-- intervino mi mamá, --deje de andar poniendo apodos--
--No mamá si así se llama Don Zarco, mi tía Rosita le besa los ojos porque dice que son bien chulos-
Mi mamá ya no dijo palabra. Pero al llegar a la casa vi que estaba en consulta con mi abuelita Berna. Ni se me ocurrió que la bomba podía estallar por mi salidencia. Esa Semana Santa no fue nada santa ni para la nia Lipita ni para mi tía Rosita.

Todos los que hemos vivido en Sonsonate sabemos la solemnidad con que se celebra la Semana Santa, es una herencia de los religiosos Sevillanos quienes al ser enviados a Sonsonate instituyeron las hermandades, los cofrados, los sayones y todas las solemnidades como se celebra en Sevilla, España.
Con aquel calor sofocante pero con el alivio del soplo suave de tanta palmera, el ambiente es de recogimiento, las mujeres todas de negro y la música solemne hace que exista un sentimiento que es contagioso.
Después del Santo Entierro, regresando a la casa vi que mi tía se encaminaba en medio de mi abuela Berna y mi abuelito, “como si va presa” dije yo -y mi mamá me dió un sopapo en la cabeza, iba yo de la mano de mi mamá, mi papá aún no regresaba de la iglesia donde era Cargador de la Santa Urna. En silencio todos entramos a la casona, mi tía lloraba. Dije yo: -! Cómo le ha dolido atender el Santo Entierro! --

La nia Lipita y mi tía Rosita desaparecieron al día siguiente. Eran las once cuando la familia de la nia Lipita vino a preguntar si la habían visto, a su vez mis abuelos y demás familia andaban preguntando a los vecinos si habían visto a tía Rosita, nadie sabía nada, excepto Joselión. Bueno se llamaba José León pero era más fácil decirle Joselión, este era un limpiador de calles quien llegaba todos los días a la panadería de mi abuela y ella siempre le decía:
-- Tomá Joselión lleváte unas chamberguitas y estos cachitos para tu casa-
--Dios se lo pague ‘ña Berna-- y volvía a la siguiente por algunas chorriadas o maría luisas, dependiendo de lo que no se había vendido del todo. Ese día mi abuela Berna le regaló una torta de yema-
- Tomá Joselión, para que la Juana te haga unas torrejas-- Diosito se lo pague ‘ña Berna, mire ‘ña Berna yo quiero decirle a ustè algo”
--Joselión ahorita estoy ocupada vení mañana y si no estóy, la Chole te va a dar pan francés hay le decís que yo dije.--
-- No, ‘ña Berna, es que mire yo vide que ustè y don Catocho andan buscando a la Rosita, pues yo la vide.-- –¿Dónde? ¿Dónde? Dime Joselión ¿Dónde la viste?–
--Pues en la catorsona--
(la catorsona era la máquina del tren que viajaba de Sonsonate a San Salvador).
--Ahí la vide que se subió con la Lipa.--
--¿Cuándo fue eso Joselión?--
--El sábado ‘ña Berna, el Sábado de Gloria, yo vine y ustè estaba penquiando los palos de marañon pa’ que crecieran, y yo me puse a barrer el hojarascal, en eso vide a la Rosita salir por la puerta de golpe de atrás y la Lipa se juntó con ella y andando bien ligero se fueron a la estación del tren.--
--¡Dios mío! ¡Gracias Joselion!-- y la abuela se quitó el delantal y se fue directo a la casa de la nia Lipita. Yo me metí a la panadería a jugar masa y bien quietecita haciendo mis muñequitos de masa que las horneadoras, para jugar y entretenerme los metían al horno. Entre ellas chismorreaban :
–... es que se fueron las dos juntas...
--¿Quién te lo dijo?--
--El conductor, el marido de mi prima Erlinda, él sabe bien porque les picó el boleto, iban para la capital.--
--Ah ¿es capitolino el novio?--
--Novio mis patas, es el mariscal de la Lipa.--
--No’mbre, y ¿el Chepe pues?--
--...ese pobre se quedó chiflando en la loma.--
-- ...y ¿la Rosita?--
--Pues no sabría decirte pero la Rosita iba sola y la Lipa iba con el patiquín, él compró los boletos del tren... ¡Shhh calláte que ahí viene la nia Berna!--
Las amasadoras no hablaron más, yo quería ir a preguntarles que si mi tía y la Nia Lipita iban a San Salvador, pero mejor no les no pregunto ahora, me dije.
Mi abuelo Catocho hizo un viaje a la capital y regresó con mi tía Rosita, yo bien contenta, pero ella no parecía querer hablar con nadie. Comenzó a trabajar con las amasadoras y ya no salía para nada. Ya ni me sacaba a pasear. Mi abuela ya no se encargaba de la tienda ella sólo en la caja registradora y era mi tía la que entregaba el pan a los tenderos. Yo me sentaba en el mostrador para ver la línea de gente que llegaba a comprar el pan para sus tiendas.

Una tarde en que mi abuela Berna tenía dolor de cabeza y sólo mi tía estaba a cargo de todo, yo estaba como siempre sentada arriba del mostrador, cuando vi entrar a El Zarco.
Ya no había nadie en la tienda de la panadería, ya todo el pan había sido entregado y mi tía contaba el dinero y ponía las monedas en chorritos y luego los envolvía en unos rollitos de papel. Cuando entró El Zarco, vi que a mi tía le estaban temblando las manos, se cayeron unas monedas al suelo y yo me bajé del mostrador para ir a recogerlas.
Algo presentí, yo era una niña muy curiosa en todo, como no sabía si ir -o- no a saludar a Don Zarco, me quedé acurrucada a un ladito.
-- Rosita- le espetó al no más llegar al mostrador.
–He venido para que me digas la verdad, te me escondes, dicen que te fuiste a la capital, te he mandado razones y no contestas. ¿ Qué te pasa? Ahora de una vez por todas dime la verdad.--
Tía Rosita no vió que yo estaba arrinconada en la esquinita, y mirando hacia la puerta cerrada de la sala le dijo con voz suavecita pero algo nerviosa:
--Mira Miguel Ángel- (abuen- dije yo- si no se llama don El Zarco, ¡se llama Miguel Ángel!)
-- Yo te quería decir pero es que no tuve la oportunidad. Estoy embarazada– continuó mi tía Rosita.
El Zarco, con una gran sonrisa quiso abrazarla y ella le rehuyó .
--¡No Miguel Ángel, no, por favor no! --
--Y ¿qué Rosita? ¡Nos casamos de inmediato! --
Mi tía comenzó a llorar.
--Miguel Ángel es que.... --
---¿Que qué... qué Rosita? Yo tengo unos centavitos, no te hará falta nada, si me hubieras dejado hacer mi gusto ya estuviéramos casados, ni tu mamá ni tu papá se opondrían. No me conocen bien, eso es todo. Pero yo soy honrado y trabajador.--
--No Miguel Ángel, no, mejor te vas--
-- Pero... ¿por qué? Díme.--
--... Es que... es de Víctor. --
-- ¿Queeeeeeeeé? ¡Maldita! ¡Me traicionaste con ese desgraciado mujeriego! ¡Eres una desgraciada maldita jugaste con mis buenas intenciones! ¡Pero no te quedas así!–
Y se avalanzó sobre ella y la quiso abrazar.

¿Abrazar? ¡¡Noooo!! ¡La estaba estrangulando!
Yo comencé a pegar de alaridos y se abrió la puerta de la sala y mi mamá entró corriendo. Al ver el cuadro gritó despavorida:
--Llamen a la policía, ¡el Zarco está matando a mi hermana!--
Pobre Don Zarco, se lo llevaron preso, le cayeron dos años de prisión por atentado de asesinato. Mi tía nunca volvió a salir de Sonsonate ni de la tienda.
Le nació el niño, Joaquincito. Cuando lo iban a bautizar, ella mandó a una de las muchachas de la panadería con un papelito para don Víctor, le decía en el papelito que por favor le reconociera al niño. Don Víctor le mandó contestación diciendo que él ni sabía que ella había salido embarazada y si era cierto, pues que no era de él. Esa noche oí llorar, era mi tía, mi mamá hablaba suavecito:
--Es que Rosita, nana, es que jugaste con fuego y te quemaste.--
Yo pensaba, pero si yo nunca vi que mi tía tocara los fósforos, ni siquiera tocó la candela de Semana Santa!
Y la nia Lipita ? Preguntan ustedes, espérense, que aún no terminó todo.

Su familia la fue a traer de donde estaba, se la había llevado “ el capitolino” para su casa de San Salvador, y como, al igual que mi tía Rosita, estaba en el mismo problema, así pues que convenció a mi tía que la acompañara así ninguna de las dos enfrentarían a las familias . Eso pensaron ellas. Nunca falta un “yo los vi” y así fue como Joselión las vió subirse al tren. También se supo donde se dirigían por lo que no fue difícil encontrarlas, mi tía, donde unas primas, y la nia Lipita a la casa del “capitolino.”
La nia Lipita tuvo, y no tuvo suerte, la suegra no la quiso desde que entró a la casa, “el capitolino” tenía una prometida rica como ellos, a la nia Lipita la suegra la tenía como de sirviente y la abochornaba a cada rato, así es que, cuando llegó la mamá en su busca, la suegra abrió la puerta, la dejo abierta, y se fue para dentro. La nia Lipita salió con sus cobijas así como había llegado. El “capitolino”ni dió la cara en ese momento y despuès, ya ni la fue a buscar.
La nia Lipita, digo yo pues, que tuvo mas suerte que mi tía Rosita porque se casó con Don Chepito quien al no más confirmar lo que ya presentía fuè a hablar con los papás de ella y arregló el matrimonio. Se casaron, pero nunca tuvieron hijos. El “capitolino” la había llevado a que abortara y el resultado fue desastroso para la vida de la nia Lipita. Ella y Don Chepito se fueron a vivir a México.

El siguiente año, otra celebración, otro 31 de diciembre, otro baile en el Casino Sonsonateco. Esta vez era la hermana menor de la nia Lipita la que había sido invitada. (¿cómo sabía yo todo esos chismes? es que me sentaba a escuchar a las amasadoras quienes hablaban sin mirarme).
Vi venir a la hermana de la nia Lipita, la nia Leonor. Traía una bolsa de tule y le dije:
–¡Nia Noycitaaaa! ¡Le adivino que lleva ahí! ¿Verdá que lleva la iguana para el baile?--
Me contestó:
--¿Cómo sabes que es iguana la que traigo?--
Yo muy orgullosa de mi saber le respondí:
--Mire nia Noycita tenga cuidado, porque si el indio no se la amarra bien, se le puede soltar la animala así como se le paró la iguana del “Capitolino”, y ya levantada él ya no la pudo amarrar--
–¿Que sabes tú del “Capitolino”?
--¡Un montón!. Fíjese que él bailaba con la iguana en el lomo y bien bonito, pero yo creo que él ya sabía que el rato menos pensado la animala se le iba a alebrestar y la nia Lipita iba a salir fregada, y mire, así fue; por eso se fueron temprano del baile, seguro que al “capitolino” se le alebrestó la iguana porque ya la andaba floja de los tules, yo la ví, la animala no andaba muy a gusto. Ya vè pues, que eso puede pasarle, ya vè que la nia Lipita pagó el pato ¡porque ya no se divirtió en el baile--

La nia Noycita me miró con ganas de darme una nalgada y yo no sé por qué, si yo sólo le estaba dando un consejo. Pero es que yo era muy salida, de milagros tengo dientes, yo era tan salida que me metía en líos por hablantina. Pero eso de las iguanas es cierto. Mejor no hay que manosearlas, porque si se tocan se alebrestan.
Fin.



























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