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cipotes : Un Milagro de María Auxiliadora
Enviado por Escritor10 el 7/10/2006 21:18:02 (2695 Lecturas)
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@Mario jiménez Castillo


Corría la década de los años ochenta en El Salvador, transcurrían los primeros días del mes de enero de 1981, eran tiempos difíciles, la incertidumbre e inseguridad se habían hecho presentes después que estallará una revolución comunista dos años atrás.
La vida había cambiado radicalmente para todos los habitantes del país, era una época de zozobra y tribulación. De aquel entonces he casi olvidado los malos momentos; sin embargo, siempre tendré presente en mis recuerdos, todos los acontecimientos que ocurrieron el sábado 10 de enero de ese mismo año.
Haciendo memoria... eran alrededor de las cinco de la tarde, el sol comenzaba a ocultarse entre las montañas y parecía un día sin grandes sobresaltos. En mi casa estaban reunidos con mi padre, varios patriotas que creían en la lucha por sacar al país adelante. En realidad era un porcentaje mínimo de la población el que simpatizaba con el terrorismo y con las ideas marxistas leninistas.
Aunque yo era un niño de tan sólo ocho años de edad, entendía que mi país sufría la injusticia de una guerra provocada por los obscuros intereses de otras naciones que habían caído presas del yugo comunista durante la guerra fría.


Esa tarde observé muy entusiasmado a mi padre y a sus amigos, en su charla se reflejaba el valor de aquellos ciudadanos que no deseaban ver a su tierra hundida en un idealismo absurdo y destructivo.
El tiempo seguía su curso y a eso de las seis de la tarde, ya había oscurecido. Yo me encontraba junto a mi amigo Walter, ambos salíamos todas las tardes a pasear por el vecindario montados en nuestras inseparables bicicletas. Cuando llegamos a la puerta de mi casa nos despedimos y segundos más tarde comenzaron a escucharse los primeros disparos, lo que más tarde se convirtió en un violento enfrentamiento entre el ejercito y las guerrillas.
Mi padre, como era la costumbre cuando comenzaba un fuerte tiroteo, se dispuso a asegurar las puertas y a colocar sacos con arena en las ventanas para que las balas no entraran en las habitaciones de la casa. Posteriormente nos resguardamos en un pequeño


salón al final de un pasillo pues era el lugar más seguro y alejado de la calle.
Teníamos suficiente espacio para las 11 personas que nos encontrábamos allí. Mi padre y cinco amigos, mi madre y mi hermana que tan solo contaba con un año de edad, la niñera de mi hermana, a quien llamaremos Nora, su bebé de ocho meses y yo.
Aquellos enfrentamientos ya no nos alarmaban en demasía, después de transcurridos dos años en la misma frustrante situación, ya se habían convertido casi en una rutina diaria.


Transcurrió una hora bajo aquel fuego cruzado, se escuchaban fuertes explosiones y gritos desesperados en la calle, de repente hubo calma durante unos quince minutos y cuando creíamos que ya todo había terminado, salimos del salón hacia uno de los corredores de la casa. Pensábamos que podíamos pasar al comedor para disfrutar de una cena típica que Nora había preparado, nunca imaginamos lo que estaba por venir...
Ya instalados en el comedor, nos disponíamos a comer, cuando se escucharon fuertes gritos desde la calle. Eran un grupo de insurrectos vociferando el nombre de mi padre y asegurando que lo matarían. Mi padre corrió enseguida a buscar su fúsil y uno de sus amigos que también estaba armado lo acompañó al segundo piso de la casa. De ese modo contaban con un lugar estratégico para hacerles frente a los insensatos que amenazaban con matarnos a todos, uno a uno.
Mi padre le ordenó a mi madre que buscará la manera de salvarnos a mi hermana y a mí, Nora lloraba desconsolada y los otros invitados comenzaron a palidecer. Mi madre llamó por teléfono al ejército, pero al apreciar su angustiosa expresión con la respuesta que recibió, presentí que algo terrible estaba sucediendo. En efecto, no me equivoqué, dos militares de mediano rango habían traicionado al alto mando militar, permitiendo que un centenar de insurrectos entraran hasta el seno de la segunda brigada de infantería. Todo era un caos, lo que sí le aconsejaron los del ejército, es que sacara su patriotismo a flote y que luchara por su vida. En esa fecha se estaba llevando a cabo la primera gran ofensiva comunista en todo el territorio nacional.
Mi madre siguió insistiendo, tratando de comunicarse con los demás cuerpos de seguridad: la policía, la guardia, la policía de hacienda, pero todo fue en vano, nadie contestó el teléfono.
Desde afuera se podían escuchar todo tipo de detonaciones de armas de diversos calibres, helicópteros disparaban desde el aire, se escuchaba el motor de los tanques de guerra, y era indicio que la mayor parte de la población debía “subsistir como pudiera”.
Traté de comunicarme por radio con familiares y amigos. Me fue imposible, lo único que se lograba escuchar eran mensajes que pedían auxilio, gente herida que clamaba por una ambulancia y la voz de una señora que suplicaba ayuda, su casa había sido sacudida por una granada fragmentaria. En aquellos momentos de zozobra, el único aliciente que me acompañó fue la fe que me había sido inculcada.


Mi padre como todo un valiente, comenzó a defendernos del fuego enemigo, estaba decidido a luchar por nuestras vidas hasta el final. Afortunadamente él y su amigo contaban con suficientes municiones para hacerle frente a los revolucionarios. Eran diez hombres contra dos pero eso no lo desanimó y siguió combatiendo con gallardía.
Era visible en nuestros rostros el temor que invadía nuestro corazón, lo único que me quedaba era rezar con toda la fe que puede tener un niño de ocho años, que estaba asistiendo al tercer grado en una institución católica. De momento recordé las enseñanzas del hermano Salazar, mi maestro de religión, quien siempre nos decía que en momentos de necesidad o peligro, acudiéramos con fe a “María Santísima”. En aquel instante recé y le pedí a la Virgen que no permitiera que mi hermana y yo quedáramos huérfanos.
Sabía que corríamos peligro de muerte, de pronto recordé que hacía un par de días, habían reparado parte del techo de mi casa que había sido dañado el invierno anterior. ¡Aleluya! Los contratistas habían dejado olvidada una enorme escalera en el traspatio.
La altura de la pared de aquella casa antigua era de aproximadamente unos treinta pies y lo único que se me ocurrió fue pedirle a mi madre que saltáramos el muro y huyéramos a buscar refugio en una casa vecina que colindaba con la parte posterior de mi casa. Por el momento fue la única posibilidad que teníamos para sobrevivir.
El amigo que acompañaba a mi padre había colocado objetos y muebles pesados alrededor de la puerta principal y cubrió en su totalidad todas las ventanas con más sacos de arena y piedra. Con éstas precarias medidas de seguridad nos protegíamos momentáneamente que una bala perdida nos quitara la vida. Segundos después corrí hacía donde se encontraba mi padre, le expliqué
mi plan, él me miró a los ojos y me dijo que nunca olvidará que me amaba y aunque muriera siempre iba a estar conmigo. En ese justo momento sentí que mi corazón se partía en dos, aun así, me sentía en la obligación de proteger a mi madre y salvar de la muerte a mi hermana, a Nora y a su pequeño bebé.
Los amigos de mi padre que no estaban armados colocaron la escalera y decidieron hacerle frente a los rebeldes con unos revólveres antiguos que encontraron en un cajón, en la biblioteca de mi casa. Al estar colocada la escalera, la primera que subió fue mi madre quien cargó a mi hermana en brazos, luego subió Nora con su bebé y finalmente subí la escalinata. En aquel instante me pareció como una especie de puerta divisoria entre la vida y la muerte.
Al estar en el techo pude darme cuenta que tendría que saltar un paredón de por lo menos
32 pies de altura, no había tiempo que perder, las balas perdidas pasaban a mis costados, y tenía que actuar enseguida. De pronto observé el jardín de varias casas, en una de ellas, se podía divisar un sinnúmero de árboles frutales y plantas tropicales. Caminé como unos veinte pasos y me di cuenta que podía saltar a un árbol de mango, bajar por sus ramas y


saltar alrededor de nueve pies hasta tocar tierra firme, y así lo hice.
Al tocar el suelo, le indiqué a mi madre que dejará caer a mi hermana desde el techo porque yo la alcanzaría con mis brazos antes que llegará al suelo. Eran momentos de gran tensión, las balas y las bombas ensordecían la noche, mi padre luchaba por salvarnos y yo tenía en ese momento la titánica misión de salvarle la vida a una niña de un año y a un bebé de ocho meses. Debía calcular perfectamente el trayecto de la caída de lo contrario podrían ambos sufrir graves fracturas e inclusive morir en el acto.
No podíamos echarnos para atrás, teníamos que actuar; en ese momento le grité a mi madre ¡ahora! Y como si el tiempo si hubiera hecho más lento, observé como mi pequeña hermana descendía desde lo alto hasta caer entre mis brazos. Le di gracias al cielo, respiré profundamente y repetimos la operación, esta vez con el bebé de Nora. Al ser lanzado su bebé, ella comenzó a llorar de nuevo y en un abrir y cerrar de ojos ya lo tenía conmigo. La primera fase de nuestro plan había dado resultado, ambos niños parecían entender lo que estaba sucediendo y no exclaman por el momento gemido o llanto alguno.

Mi madre y Nora, también llegaron a tierra firme, sus rostros estaban angustiados y sus vestidos rasgados por las ramas de los árboles. Por lo pronto nos encontrábamos temporalmente a salvo. No había pasado ni medio minuto cuando se nos acercó un anciano, quien empuñaba su arma de bajo calibre. Se veía dispuesto a disparar, pero inmediatamente logró reconocernos y aunque no le pareció la idea que estuviéramos agazapados en su casa por propia seguridad, él y su esposa decidieron darnos albergue.
Los dos vecinos eran don Juan y doña María, ambos se encontraban solos en la casa y parecían muy serenos ante aquel ataque de barbarie que estaba sufriendo nuestra ciudad.
Doña María decidió que todos debíamos permanecer juntos, escondidos en una sola habitación. Aquella morada de corte colonial, tenía por lo menos siglo y medio de antigüedad, sus dimensiones eran enormes, con paredes inmensas que traspasaban los cinco pies de grosor, techos de hasta 30 pies de alto y cuartos descomunales.

Antes de llegar a la que sería nuestra trinchera, tuvimos que bajar varios escalones, nos dirigíamos a oculto y misterioso sótano. Al llegar allí, pude advertir que estábamos en una bóveda que más parecía ser una especie de hemeroteca y galería de antigüedades. En el fondo de la misma, observé un altar con veladoras encendidas y varias imágenes de entre las cuales sobresalía una estatua de “María Auxiliadora”. Me acerqué a ella y cerré los ojos, oré por un par de minutos y le supliqué que nos salvará la vida a todos. Cuando abrí los ojos, de momento me sentí iluminado por el resplandor de un hermoso rosario cristalino que adornaba la túnica de terciopelo de la Virgen.
Mi madre se sentó en el suelo, tenía en brazos a mi hermana, lo mismo hizo Nora.


Eventualmente todos dispusimos acomodarnos sobre una alfombra persa que estaba cerca de la puerta del sótano. Las balas seguían sacudiendo la ciudad, las bombas explotaban a cada minuto, a mí me preocupaba en extremo la suerte que había corrido mi padre. Pasaron casi tres horas y todo seguía igual, no había tregua alguna y la esperanza de volver a ver a mi padre con vida poco a poco se iba desvaneciendo.
De pronto se escuchó una explosión ensordecedora, parecía provenir del otro lado de la calle, la angustia y el sufrimiento pudo más que mi razón e intenté salir del refugio e ir a buscar a mi padre, pero no pude hacerlo, no me lo permitieron.

Al poco rato se escucharon unas voces que llamaban a mi madre, ella reconoció la voz de uno de los amigos de mi padre y entonces don Juan subió los escalones y condujo a dos amigos de mi padre al escondite.
Debido a la pesadumbre que reflejaban en el semblante, imaginé que eran portadores de malas noticias, se dirigieron a mi madre tratando que yo no escuchara, pero fue imposible, un dolor indescriptible se apoderó de mi al enterarme de la noticia. Los terroristas habían lanzado una bomba a la fachada de la casa y lo más probable es que mi padre había perecido en el ataque.
Mi madre lloró en silencio, la pesadumbre no podía ser mayor, todo era confusión, tristeza y lágrimas. Mi pequeña hermana aunque quizá no comprendía la magnitud de lo sucedido, comenzó a llorar, era aquella la escena del caos total.

Doña María nos exhortó a mantenernos en silencio porque aunque nuestra guarida era casi indivisible desde los corredores y el jardín, alguno de los rebeldes podría llegar hasta nosotros guiado por nuestras voces. A lo lejos se escuchaban gritos de los insurrectos proclamándose victoriosos y jactándose que acabarían con todos sus opositores. Eran alaridos enajenados, parecía que la vida no les importaba, lo único que deseaban eran hacer sucumbir a la frágil democracia que reinaba en aquellos años y entregarnos a las mentes perversas que les habían lavado el cerebro en el extranjero.

Aquellos infaustos, repetían cada cinco minutos varios nombres de personas que eran conocidas en toda la ciudad, políticos, empresarios y activistas religiosos eran los primeros en la lista de los que tenían que morir. Sentía tanta ira en contra de los criminales subversivos, pero entendía al mismo tiempo que me encontraba con las manos atadas. La impotencia se había adueñado plenamente de todos los que nos encontrábamos en aquel refugio.
La cruel desdicha que nos embargaba nos mantenía casi inmóviles, cuando súbitamente, observé que la llama de una vela del altar había comenzado a quemar parte de la túnica de la Virgen y amenazaba con causar un incendio. Todos corrimos al mismo tiempo a sofocar el fuego y en ese preciso instante, escuche una potente detonación. Segundos más tarde, perdí el conocimiento.

No sé cuánto tiempo transcurrió, cuando finalmente desperté pude observar que aquel enorme sótano había sido reducido a un pequeño cuarto cubierto por escombros. Los guerrilleros habían bombardeado la casa y ya casi no se podía escuchar nada, estábamos cubiertos por pesadas paredes que no permitían que entrará la luz o los ruidos del exterior. Tan solo una pequeña vela sobrevivió a la explosión y por el momento era la única iluminación con la que contábamos.
Me sentí un tanto aliviado cuando vi los rostros de mi madre y mi hermana, estaban todas cubiertas de polvo y tierra, pero seguían con vida. Poco a poco observé que todos estábamos casi ilesos después de aquel ataque inmisericorde. Me di cuenta que habíamos quedado todos frente al altar y la dimensión de nuestro escondite no pasaba de 12 pies cuadrados.

Doña María parecía un tanto sofocada, su esposo trató de consolarla, la situación se había vuelto aun más difícil. Nueve personas nos encontrábamos en aquel escondrijo que se asemejaba a una cueva sin entrada ni salida. Uno de los amigos de mi padre observó su reloj y ya había pasado más de 9 horas desde que comenzó el enfrentamiento. Eran las tres de la mañana, comenzábamos todos a tener hambre y sed, pero no había manera de poder salir de aquella fortaleza improvisada.

Las horas seguían transcurriendo y la desesperación en nuestros rostros lo decía todo. Ya había pasado un día entero desde que quedamos soterrados y parecía que nadie acudiría a rescatarnos. Solamente contábamos con la compañía de dos imágenes que habían quedado intactas en el altar y unas cuantas velas que utilizábamos para iluminar el lugar.
A lo lejos, se escuchaban detonaciones lo cual nos hizo pensar que aquella pesadilla no había terminado.
Al amanecer del siguiente día, pudimos divisar unos reflejos de luz muy diminutos que entraban desde el techo y resplandecían en el altar. No se escuchaba ningún ruido, nuestro temor era que aquellos bloques de adobe comenzarán a caernos encima y nos arrancaran la vida.

Teníamos ya un día y medio de estar soterrados y parecía que sólo un milagro podría salvarnos. Por varias dejamos de escuchar ruidos de tanques o detonaciones, no sabíamos que ocurría, las velas ya se habían terminado y ahora contábamos únicamente con un reloj y unos diminutos destellos solares que entraban por un casi microscópico orificio. Pensamos en diferentes alternativas para salir de allí, pero todo intento resultó inútil, no podíamos ni siquiera intentar llegar al techo porque aquellos enormes paredones amenazaban con desmoronarse.
Doña María ya no podía levantarse del suelo, todas las emociones vividas, pensar que su casa estaba en ruinas y la debilidad por falta de buen descanso y alimento, empezaban a hacer estragos con su salud, que de por si no andaba del todo bien. Don Juan relataba sucesos de guerras anteriores que habían sucedido en las primeras décadas del siglo.


De momento sus relatos menguaban nuestra agonía. Mi madre consolaba a mi hermana, Nora a su bebé. Por suerte los niños podían ser amamantados y no sufrieron tanto del hambre y la sed que nos embargaba a todos. Los dos amigos de mi padre se sentían inútiles por no poder hacer nada y a la vez alarmados porque no saber la suerte que pudieron haber tenido sus familiares. Estábamos totalmente aislados del exterior. Yo sufría en silencio, al pensar que mi padre había muerto en aquella explosión dos días atrás. Por momentos nos mostrábamos más tranquilos, rezábamos y hasta pedíamos perdón por todas nuestras culpas, parecía que nuestros días estaban contados.

Cuando todo parecía más oscuro que nunca y la esperanza empezaba a desaparecer, sucedió un hecho que nos dio un alivio momentáneo. Un perro estaba ladrando muy cerca de nuestro escondite subterráneo, no sabíamos adónde, parece que los ladridos venían de la parte posterior de la casa. Me dispuse a escuchar atentamente y observe que los ladridos provenían de aquel pequeño orificio por donde entraba la luz. Don Juan comenzó a llamar al perro, sus ladridos le eran familiares y parecía ser la mascota de otro vecino, el perro reconoció la voz de don Juan y comenzó a escarbar, pero nada sucedía, el orificio era muy profundo y demasiado pequeño, así pasaron varias horas, quizá el perro fue a buscar comida para calmar el hambre porque desistió y no se volvió a acercarse al lugar.
Ya había anochecido y la pesadumbre se había posesionado totalmente de nosotros. Estaba por terminar el segundo día en aquel callejón sin salida y toda ilusión de ser rescatados se iba apagando lentamente.


Comenzábamos el tercer día en cautiverio, ya el temor de ser asesinados por los rebeldes había desaparecido, lo único que nos importaba era salir de aquel lugar, el aire comenzaba a faltar, doña María estaba muy mal, necesitaba un medicamento para la diabetes y otro para la alta presión. Cuando le veía creí que ese mismo día moriría. Teníamos casi tres días de no comer ni beber. La situación por más paciencia y fe que tuviéramos no dejaba de ser deplorable
Era día martes, consultamos el reloj y eran alrededor de las nueve de la mañana, la desesperación era evidente en nuestros gestos, nada calmaba nuestro pesar. Mi pequeña hermana apenas podía moverse, la falta de aire se hizo cada vez más latente, doña María casi no podía hablar y su esposo temía lo peor.

En las primicias del mediodía se escucharon unas voces a lo lejos, cuando las escuché, grite fuertemente ¡aquí! ¡Aquí estamos!, Ayúdennos... poco después no se escuchó más nada. Transcurrió alrededor de una hora cuando escuchamos los estruendos de un motor, parecía ser una grúa que removía lentamente los escombros, al enterarnos que estábamos siendo rescatados, sentimos volver a la vida. Pasaron alrededor de dos horas antes que el primero de nosotros pudiera ser rescatado de aquel purgatorio.


Lentamente fuimos saliendo uno a uno, doña María fue atendida de emergencia por los paramédicos y minutos después comenzó a dar señales de recuperación. Mi madre tenía heridas en una pierna, el bebé de Nora estaba un poco deshidratado, mi hermana muy asustada.En fin, todos estábamos hambrientos y deshidratados. Teníamos más de alguna dolencia tanto física como emocional.

Cuando salimos de nuestro claustro involuntario, me di cuenta que solamente una parte de la casa había sido dañada, y le pregunté al grupo de rescate cómo es que habían dado con nuestro paradero. Parece ser que salía un colorido reflejo por un diminuto orificio y eso fue lo que orientó a uno de ellos a cercarse a los escombros, inmediatamente pensé que había sido aquel hermoso rosario de cristal, que haciendo contacto con la luz del sol reflejaba destellos de colores que llegaron hasta la superficie, inmediatamente le comenté a don Juan que había sido el rosario que adornaba la túnica de Maria Auxiliadora el que nos había salvado la vida. Él me miró muy impresionado y me contestó que la Virgen no tenía ningún rosario, yo le expliqué como era. Él continuó con su negativa.

Para salir de dudas nos dirigimos nuevamente al lugar de los hechos y en efecto, la imagen de la Virgen no tenía rosario alguno, yo insistí en que lo había visto y lo describí detalladamente. Cuando terminé de hacerlo, él se dirigió a una de las habitaciones de la casa, habitación que afortunadamente no sufrió daños después de la explosión. Cuando regresó observé que traía en sus manos el mismo rosario que yo había visto en la túnica que adornaba la imagen de la Virgen, parecía imposible de creer. El rosario era de doña María y estaba en la mesa de noche de su recamara.

Definitivamente había ocurrido un hecho sorprendente, no había salido de mi asombro cuando escuché la voz de mi padre, llamándonos, lo miré y corrí hacia él. También había sido rescatado de entre los escombros y aunque había sufrido una herida de bala, tanto él como sus otros tres amigos estaban a salvo. Aquel terrible enfrentamiento había terminado un día antes, pero aún se escuchaba a lo lejos, el ruido de balas dispersas.
Los revolucionarios comunistas habían sido temporalmente derrotados, la mayoría de ellos, huyeron buscando esconderse en las montañas cercanas a la ciudad. Mi casa, tuvo en parte que ser reconstruida. Pasaron más de dos meses hasta que pudimos habitarla nuevamente.
Por aquellos días nos hospedamos provisionalmente en casa de mis abuelos paternos. Cada uno de nosotros tenía algo terrible que relatar. La guerra no terminó y vinieron después meses y años muy grises marcados por la ley marcial y el toque de queda. Pero de momento me sentía aliviado de poder estar al lado de mis padres y mi hermana. Estando juntos podíamos enfrentar cualquier situación que se presentara. Ese día comprendí que había sido testigo de un milagro de la fe, fueron mis ojos los únicos que


vieron el rosario en aquella túnica, la imagen de la Virgen se mantuvo intacta aun después de la explosión. Lo material podía reponerse eventualmente. Mis padres estaban vivos, María Auxiliadora nos había asistido en cada momento de nuestra agonía.
Desde aquella fecha y hasta el día de hoy, rezo diariamente el rosario. En algunas ocasiones le rezo completamente, otras, un par de misterios, pero nunca olvido hacerlo. La costumbre de rezar se ha vuelto parte de mis prioridades diarias. En aquellos momentos de grande tribulación prometí hacerlo. He sido testigo con el paso de los años que no hay milagro que no se cumpla si se acude con verdadera fe y devoción al amparo de la Santísima Virgen María.




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